lunes, 22 de febrero de 2010

por dentro

Cuando camino por la calle, espero en la cola del supermercado, miro por la ventana de mi oficina, o simplemente sueño, observo a la gente por fuera. Veo chicos, chicas, mujeres, hombres niños y niñas. Rubios, negros, altos o descalzos. Con ropa, con retales, con armas, sin nada...
A menudo me paro a pensar en que es lo que hay en sus interiores, a parte de órganos vitales, sangre y huesos. Porque todos sabemos que hay algo más, algo desconocido, abstracto, que hace que pensemos, que sintamos, que amemos, que nos movamos de un lado para otro con una facilidad extrema. Pero eso no se ve, ni por dentro, ni por fuera. Nadie ha tomado fotografías de un sentimiento, ni de una idea, ni siquiera de una pena tan profunda como el desamor.

Yo tengo un don. Soy capaz de atravesar la piel de las personas a las que observo. Si me concentro, puedo incluso atravesar los muros de carne que les envuelven, y sortear la estructura osea para llegar al centro de sus almas. Tengo el dudoso placer de poder saber como es la gente por dentro sin siquiera desnudarles. Y digo dudoso, puesto que a veces resulta extremadamente cruel ser conocedor de algunas de las penas y tristezas mas grandes que oculta un ser humano.

Desde hace una semana vivo aterrorizado, con una imagen imborrable en mi cabeza. Una imagen que se repite una y otra vez, y por mas que lo intento no desaparece. Es la imagen mas dura y terrible del mundo. La imagen de alguien que no es capaz de amar.

Sentía el calor bochornoso de una tarde de agosto en la ciudad. Salía pronto de trabajar dispuesto a nadar al menos una hora en el mar, antes de mi cita semanal con mis amigos de siempre. Era una cita ineludible desde hacía prácticamente quince años. Todos los viernes nos reuníamos en la taberna de Miguel. En invierno en su interior, acompañados de vinos y tapas sintiéndonos protegidos del frío polar de la urbe. En verano, en la maravillosa terraza, disfrutábamos de la brisa fresca del paseo marítimo justo cuando el sol desaparecía, con unas cervezas y algún plato de ibéricos.
Necesitaba sentir la sal atrapada en mi piel, como terapia para olvidar lo sosa que era la vida, para llenarme un poco de magia, y así acercarme mas al sueño de ser un pez. Siempre quise ser un pez.
Mas adelante entenderás, porque siempre he deseado ser un pez.

La playa prácticamente estaba desierta, puesto que la sombra de los edificios cubría por completo la arena. El sol se había escondido ya tras los altos bloques de hormigón. El agua era casi casi como las sopas de caldo recién echas, turbia, caliente, y con muchísimos condimentos. Me daba asco entrar en ese mar lleno de restos de crema solar, bolsas de plástico y demás objetos arrojados al agua como si de un vertedero se tratara. Por eso, en cuanto mis pies tocaban el agua, mi cuerpo, instintivamente, se lanzaba con fuerza dándose impulso para atravesar la barrera de porquería que bailaba en la orilla. Nadaba, nadaba, y nadé hasta no tener noción de mi ubicación en el océano. Casi nunca miraba atrás, siempre sacaba la cabeza con dirección al infinito, para tener la sensación eterna de nadar, nadar, y que nada más existiera. Pero ese día, giré mi cuello para orientar la cabeza hacia la orilla, y me di cuenta de que casi no podía ver donde empezaba el mar. Sentí como el horizonte me había rodeado por completo y me había transportado a un planeta únicamente cubierto por agua. En cierto modo sentí alivio, pero un calambre en la pierna me alertó de que quizás no era todo tan perfecto, así que buscando entre las olas en alta mar, divisé los edificios de la ciudad que me estaba esperando, y nadé, nadé, hasta acercarme a la barrera de basura y aguas calientes.
Y fue allí, donde ya casi a oscuras, la playa prácticamente desierta y las luces del paseo marítimo encendidas, vi la pena mas terrible que puede vivir en el interior de una persona.

Conté los metros, a ojo, y calculé unos 5 metros. A esa distancia, una persona es del tamaño de una berenjena, por lo cual no pude percatarme bien de su interior, simplemente vi un cuerpo pálido, vestido con una camisa blanca y un pelo negro como el tizón. Andaba desde la orilla hacia el interior del mar, hacia mi, con una calma impasible. Un chico joven, que por su expresión, ahora que me encontraba a casi dos metros de él, no parecía precisamente querer nadar en el mar.
A un metro de distancia fue suficiente para poder atravesar sus muros y observar sin preguntar lo que le atormentaba, lo que le hacía estar ciego ante mi y lo que le hacía invisible al resto de los presentes, un grupo de jóvenes tumbados en la arena y fumando porros.
Miré detrás de su corazón, y vi una manada de buitres carroñeros hambrientos, esperando a que su corazón dejase de latir para empezar con el preciado manjar. Un poco mas arriba, en su cabeza, alrededor del cerebro, un grupo de brujas negras bailaban una danza satánica. En su mano derecha la imagen de una chica, destruida como un papel hecho añicos, y en su mano izquierda, una jaula de elefantes dalinianos con patas de jirafa.
Sus pies, cubiertos por el agua, avanzaban, cruzándose conmigo justo a la medida en que las rodillas se ahogaban. Y pasó de largo, casi rozándome, y no me vio. Caminó hasta que la corriente le hizo nadar, pero no nadó. Se hundió voluntariamente dejando como único rastro unas burbujas efímeras que cada vez eran mas y mas débiles. Y fue entonces cuando me di cuenta de que los buitres estaban más cerca que nunca de su banquete.



Sentado en la sala de espera de ese hospital, recibí la llamada de uno de mis colegas que me preguntaba el motivo de mi ausencia a la cita semanal. Con un escueto “ya te llamaré”, finalicé la llamada para atender al doctor de guardia que vino a hablar conmigo. Este me explicó que el chico estaba fuera de peligro, que habían podido reanimarle y le estaban haciendo pruebas. Pero no acabé de entender su teoría de que el muchacho simplemente estaba fuera de peligro. ¿Como puede no estar en peligro una persona con todos esos animales dentro de su organismo? Pero era evidente que las radiografías y escáneres no habían detectado nada de eso. Nadie podía saber de la existencia de los sentimientos a través de una máquina de hospital.
Esperé unas cuantas horas hasta que me dejaron entrar a ver al desconocido que había rescatado de una muerte segura. Y entré en la habitación.
Vi a un hombre joven, vestido de blanco pero esta vez con una bata, con el pelo negro pero bien peinado, con una manta que le cubría hasta el pecho y un rostro más pálido que en la playa, dado a que la luz azul del fluorescente le daba un aspecto mucho mas enfermizo que antes.
Estaba despierto, mirando al techo, y parecía no darse cuenta de mi presencia. Yo sabía que no estaba ciego porque sus ojos eran como dos pantallas de cine, que proyectaban una imagen en bucle. La imagen era la misma que hacía unas horas había visto en su mano, pero esta vez, estaba ordenada, encajada, completa. La chica era rubia, el pelo largo le volaba graciosamente a causa del viento, y una sonrisa eterna en sus labios la hacía completamente angelical. Esa imagen proyectada significaba lo último que había estado viendo el chico antes de tomar la decisión de poner su mente en blanco.
Me acerqué hasta poder rozar su pelo con mi mano. Entonces se dio cuenta de que yo estaba allí. Sus ojos me proyectaban, difuminado y oscuro. Pero me estaba viendo, y su cerebro se llenó de interrogantes que se desvanecían hasta que solo quedaban los puntos. Puntos que rebotaban en sus pareces craneales hasta salir disparados por su boca en forma de extrañas onomatopeyas. No pude adivinar lo que el chico quería decir, pero entendía que su confusión y el shock eran lógicos.
Quise decirle cualquier cosa, presentarme quizás, pero sus lágrimas, exteriores y verdaderas, me turbaron tanto la mente que casi se parecía a la suya.
Me fui, dejando un número de teléfono en recepción para que me informaran de las evoluciones del paciente desconocido.

El calor volvía a acechar mi cuerpo. Las sabanas estaban empapadas por el sudor, y solo eran las diez de la mañana. Era sábado, y como todos los sábados, recibí la visita de mi madre, puntual y casi rutinaria, con la misma bolsa de siempre, con los tapers de siempre, con la sonrisa de siempre, y las preguntas de siempre. Amablemente recogí la bolsa e invité a mi madre a posponer el interrogatorio y la limpieza del piso para la semana siguiente. Mi estado de ánimo era casi negro, y las palabras que podía llegar a articular eran casi tan oscuras como el cabello del chico de ayer.
Turbado y cargado de bolsas, triste y culpable, me fui a la cocina para disponer todos los recipientes en el frigorífico. El frío de la caja blanca era un alivio, un respiro en ese asfixiante verano.

El teléfono permaneció en silencio durante dos largos días.
El lunes pedí el día libre para esperar junto al aparato alguna noticia del hospital. No hizo falta convencer a mi jefe. El lunes era mi primer día de vacaciones y lo había olvidado por completo. Entonces caí en la cuenta de que el martes tenía un vuelo para viajar a Londres para visitar a mi hermana Laura. Pero ni el lunes, ni el martes ni el miércoles recibí ninguna llamada. Solo usé el teléfono para llamar a Laura, avisándola de que suspendía el viaje a Inglaterra, con la excusa de que había tenido que aplazar mis vacaciones porque había mucho trabajo en la oficina.
Jueves por la tarde, sin desesperarme pero cansado de esperar, me dirigí al hospital.
La misma recepcionista del otro día me dijo que al muchacho ya le habían dado el alta. Que me habían llamado pero no consiguieron contactar conmigo. Les había dado el número del trabajo inconscientemente. Un golpe de rabia me invadió por dentro, asustando a la chica de detrás del mostrador. Sentí ver en su interior la imagen de un gato asustado, y me dio mucha lástima.

Frustrado, cansado e impotente, salí del hospital y me fui andando a casa. Llovía un poco, pero era esa lluvia que no mojaba, que solo hacía que las calles olieran más a alquitrán y el ambiente fuera completamente asfixiante. Ni me inmutaban las obsoletas gotas que caían sobre mi cabeza. Solo dentro de ella me repetía una y otra vez lo estúpido que había sido, y me preguntaba por la situación del chico desconocido.
Sentía que algo se me había perdido. Algo importante, algo que quería. Y luego me preguntaba que porqué sentía eso si ni siquiera sabía el nombre de ese chaval.
Fue entonces cuando tuve la brillante idea, y digo brillante por no decir simple, de volver al hospital y preguntar a la chica asustada de la recepción los datos del chico. Mientras corría aliviado hacia el edificio gigantesco, intentaba responderme a mi mismo las preguntas que me había formulado mientras la lluvia golpeaba mi cabeza. Intentaba entender porqué me había involucrado tanto con el hombre desconocido, que porque sentía la necesidad de ayudarle, de preguntarle, de abrazarle y hacerle saber que yo si le entendía, que yo si le veía.

Nacho Ortega Saunders. Vivía justo a dos calles de la mía. Tenía veintidós años. Tenía sida.

Su timbre estaba roto. El botón no existía, así que esperé a que alguien saliera del edificio para poder entrar a continuación. No me hizo falta esperar demasiado porque una anciana encantadora apareció con bolsas y un perrito. Me dejó entrar con ella a cambio de que la ayudara con las bolsas. Me alegraba que las personas mayores no tuvieran miedo de la gente joven. No había cosa que mas rabia me diera que sentir el miedo en los ojos de un anciano cuando se cruzaba con un chaval por la calle. Aunque a mí eso no me pasaba, puesto que mi forma de vestir solía ser normal, además de mi educación y simpatía hacia la tercera edad. Subí detrás de ella mientras la señora me contaba lo mal que estaba el edificio, y lo que le gustaría que instalaran un ascensor. Yo le decía que era un poco complicado instalar un ascensor en ese bloque puesto que las escaleras eran sumamente estrechas, y no había prácticamente espacio. Ella me contestaba que cuando era joven no le importaba subir cuatro pisos, pero que ahora, ya no era lo mismo.
Aproveché para preguntarle por Nacho, el chico desconocido. Ella me dijo que no le veían mucho por ahí, que siempre estaba fuera o encerrado en casa días y días. Que solo le veían si al bajar las escaleras, coincidían con el repartidor del restaurante chino o de pizzas, y a duras penas a través de la puerta entreabierta. Vivía en el tercero, pero yo subí hasta el cuarto para dejarle las bolsas a la adorable abuelita. Ella me lo agradeció con una cerveza que con mucha amabilidad rechacé. Aunque le prometí que volvería algún día a visitarla. Me encantaba hacer buenas migas con la gente del barrio.
Bajé al piso de abajo, y en su puerta había una pegatina de “do not pass” pegada encima del timbre. No quise saltarme esa norma, y llamé a la puerta. Tres golpes secos acompañados de un Nacho muy suave, para no parecer autoritario ni peligroso. No obtuve respuesta. Volví a insistir una vez mas, pero nada. Acerqué la cabeza a la puerta, queriendo escuchar algún ruido, y nada. Justo cuando ya me iba, abrió la puerta una vecina del rellano, y me dijo que Nacho no estaba, que hacía mas de una semana que había dejado el piso, y que ni siquiera había echo la mudanza. La señora era la dueña del piso y estaba indignada por la falta de responsabilidad del chico. Me inventé una excusa y le dije que yo era un amigo, que venía a ayudarle con la mudanza, y que si me dejaba entrar.
Accedió sin problemas. Me dio una copia de las llaves y me siguió hasta la puerta. Abrí, y la mujer hizo el amago de querer entrar a cotillear. No pude negarle la entrada a su propia casa, aunque quizás me molestaba en mi búsqueda de información furtiva. Le pedí amablemente que me dejara a solas un rato para recoger los enseres privados, y luego le devolvería las llaves.
Finalmente la mujer se fue. Cerré la puerta y al darme cuenta de donde estaba, y del grado de locura que eso estaba alcanzando, quise salir corriendo. Pero la curiosidad y una pequeña intuición, me llamaban a continuar. Era imposible que ese chico hubiera desaparecido así sin mas, y temía que hubiera vuelto a intentar suicidarse nada más salir del hospital.

Las luces del habitaculo eran prácticamente nulas. La más intensa era un resplandor de un neón parpadeante que entraba por la ventana. Las demás bombillas, parpadeantes también, eran viejas y amarillas. Hacían que las paredes rojas y verdes fueran tan tristes como los ojos de su ex propietario. El desorden caótico y casi enfermizo del salón me aturdió tanto que no supe por donde empezar. Ni siquiera sabía lo que estaba buscando. Primero exploré las habitaciones una por una. Un salón, una cocina pequeña y sucia, un baño partido en dos, servicio en uno, y ducha y lavabo en otro. Una habitación grande, casi vacía, solo cubierta por fotografías imprimidas en blanco y negro de palabras y letras que no tenían sentido. Una cajonera entreabierta con ropa arrugada, y un montón de libros rotos en una esquina del cuarto. En la habitación contigua había una máquina de escribir, un montón de hojas sueltas y un gran póster de la ciudad de parís.
El hedor de las propias paredes delataba una dejadez extrema, y en el balcón, tres macetas con lo que fueron plantas, llenas de colillas.

Me detuve en el dormitorio, intentando encontrar un sentido a las letras y palabras, pero casi todas estaban en francés. Y yo no entendía francés. Quizás Nacho era francés. Pero con ese nombre me extrañaba mucho. Las hojas de la habitación destinada a la máquina de escribir estaban inacabadas. El texto más largo era “ SI QUIERES SENTIR ALGO, HUYE DE AQUÍ, PORQUE DENTRO DE ESTE CUERPO SOLO ENCONTRARAS MIEDO, MISERIA Y DOLOR”
Lo que tenía claro hasta el momento era el sentimiento atormentado del autor. El amor era el protagonista de esos mecano-escritos.
Recordé entonces el dato que me dio la enfermera de recepción. Nacho era seropositivo, por lo cual necesitaría algún tipo de medicación, pero en el baño no había ni rastro de ningún fármaco. Ni siquiera una mísera aspirina. En la nevera nada, ni un solo limón seco. En el congelador una sola caja vacía. Una caja de metal, recubierta de escarcha. Pero vacía.

Mi desesperación empezaba a invadirme y poco a poco fui sintiéndome mas loco. Era una locura extraña, sabía que era reversible, pero era caótica. Nada tenía sentido y nada me daba ninguna pista para encontrar a Nacho. Pero fue en ese instante cuando el teléfono escondido bajo el sofá, sonó. Como si de una señal se tratara, y con algo de miedo y nervios, descolgué el auricular para preguntar tímidamente que quién era.
Una voz femenina, dulce, pero con una carga importante de preocupación, pronunció interrogando el nombre de Nacho. Por un instante no supe que decir, pero con el temor de que la chica colgara el teléfono, me dispuse a contestarle. Ella no sabía quien era yo, me preguntó de nuevo por Nacho pero yo no sabía responderle, así que me limité a explicarle la historia. Desde la playa hasta ese mismo instante. En silencio, la chica escuchó todo mi relato, y acelerando su respiración, cada vez más, acabó gritando que no me moviera de ahí, que venía en seguida.

( CONTINUARÁ)

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